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IL·LUSTRACIÓ QUE ACOMPANYA LA COLUMNA «COMO EL HUMO DE MI PIPA» [LOS SITIOS, 21·06·1959] |
a carretera de Santa Eugenia es un largo camino bajo el sol que lleva a muy diversos sitios, claro es. Porque desde llevar al barrio de San Narciso hasta conducir, siguiéndola derecho, al Manicomio, la carretera de Santa Eugenia, aparte de sus más lejanos destinos, es ruta largamente andada, intensamente rodada, cansadamente pedaleada, ruta de diaria ida y vuelta para centenares de personas, hombres y mujeres que han de ir de aquí para allá o, da lo mismo, de allí para acá. Trabajadores que desde Bescanó, desde Salt, desde Santa Eugenia o, simplemente, desde ese familiar barrio de San Narciso, vienen cada mañana, a veces también cada tarde, a la labor en la fábrica, en el despacho, en la botica.
A determinadas horas, a esas horas que en las ciudades afectadas de colosalismo llaman «horas punta», la carretera de Santa Eugenia ofrece al observador el curioso espectáculo de lo que parece una invasión de ciclistas. Centenares de bicicletas, a esas horas, que son, claro es las de la salida masiva del trabajo, se apoderan de la calzada -a veces, todo hay que decirlo, no sólo de la calzada- y con gran amargura de los automovilistas, que los tienen por sus grandes enemigos, temiendo a su movilidad más que a un negro nublado, se transforman en los dueños absolutos dé la carretera. Unos dueños, pequeños, ligeros, veloces, pero hormigueantes; unos dueños que cuando van agrupados suelen ir también jaraneros, echándole alegría, gozando del viaje, con cara risueña y regocijados gritos; grititos nerviosos, pequeños gritos, estremecidos e insignificantes grititos, cuando las que gritan son, ¡ay!, ellas.
A veces el ciclista, un ciclista, tiene una avería y entonces, como aquello no es la Vuelta ni el «Giro», ni el «Tour», ni, siquiera aunque camine las mismas rutas, la «Volta», hay como un fuerte espíritu de equipo, hay cómo una hermandad del pedal y la cadena, que hace que el averiado no quede solo y que, andando, vayan junto a él con sus bicicletas cariñosamente llevadas de la mano, dos o tres ciclistas más, provisional y amistosamente metamorfoseados en peatones.
Y luego las ciclistas, las jóvenes, las sonrientes, las bullidoras ciclistas echando al limpio aire sus breves y bellas melenas, rompiendo con su presencia reidora la monotonía y la sequedad de tanto trascendente varón pensativo y, a veces, cejijunto.
Las ciclistas, cara al viento de la marcha, luchando a brazo partido y generalmente venciendo, en un esfuerzo dulcemente femenino de negar al viento, audaz y picarón, secretos misteriosos y eternos. Aunque, digámoslo, a veces en esa lucha, en la que el pobre espectador no tiene la menor parte, se encuentre de pronto que lleva la peor al recibir la ofendida mirada, la indignada y centelleante mirada de la ciclista, como si el espectador hubiera desencadenado, nuevo Júpiter tenante, el huracán que convirtió en abierta flor, la flameante y acampanada falda de la muchacha en bicicleta.
Y el espectador, el inocente espectador, entonces piensa que prefiere, cien veces, un femenino pantalón, un coqueto y pudoroso pantalón que oculte, sin necesidad de esfuerzos suplementarios las piernas de las ciclistas, que no esas faldas, abiertas a los vientos, que han de sujetar, que han, continuamente, de defender y en cuya sujeción y en cuya defensa, las bellas ciclistas en su indignado esfuerzo hacen al pobre espectador sentirse culpable. Involuntariamente, absurdamente, incluso neciamente, pero, esta es la verdad, el espectador a veces se siente culpable de las iras turbulentas de la tramontana.
Manuel Guijarro, columnista (Como el humo de mi pipa), en Los Sitios de diumenge 21 de juny de 1959 [Petita maravella d'hemeroteca trobada per Jordi Vilamitjana, d'Els mil i pico] |
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